
Seguramente estudiada y analizada hasta la saciedad y desde todas las posibles perspectivas y especialidades, es que La Naranja Mecánica, a más de treinta años de su estreno simplemente parece no poder pasar inadvertida; sea por su calidad cinematográfica que a los fans no nos agota, sea por lo chocante que puede resultar la trama, basada en la novela del escritor británico Anthony Burgess. La aproximación que el presente ensayo pretende involucra dos paradigmas de la psicología del siglo veinte, a saber el conductismo y el movimiento humanista. Veremos cómo ambos enfoques, si bien fuera de el contexto de una película o novela tienen postulados diametralmente opuestos, convergen en no pocos momentos del filme. Comencemos entonces, por una breve descripción del argumento:
El protagonista es Alex, un joven delincuente cuya razón de vivir es el placer que obtiene por el daño que causa a otros, a través de peleas callejeras, asaltos, violaciones, uso de drogas y la música clásica. Durante el primer tercio de la película observamos su estilo de vida, junto a su pandilla de la cual es líder y a expensas de sus padres con quienes vive.
Este estilo de vida parece marchar sin problemas, hasta que Alex comienza a tener discrepancias con los otros integrantes de la banda, quienes le reprochan su actitud autoritaria y la escasa consideración a las ideas que ellos pudiesen tener, obviamente en el marco de sus andanzas. Se hace evidente entonces que dada esta -de alguna forma impuesta- organización está impidiendo que los otros muchachos lleven a cabo sus proyectos personales y materialicen sus propias ideas, emociones y pensamientos. En síntesis, no logran autorrealizarse.
Lo anterior provocará un fuerte desencuentro, en el cual sostendrán una pelea y, tras una rápida reconciliación y aparente vuelta al antiguo esquema, planean el siguiente atraco; sin embargo el plan sale mal, Alex acaba matando -según él inintencionadamente- a la víctima del asalto y debe escapar ante la llegada de la policía y es ahí donde es traicionado por sus amigos, detenido y condenado a prisión por homicidio.
Después de dos años en prisión, nos encontramos con que Alex ha tomado conocimiento de un tratamiento médico experimental, con el cual se elimina el comportamiento delictual y por lo tanto se es puesto en libertad, sin posibilidad de reincidencia. En efecto, Alex quiere ofrecerse como voluntario para someterse al tratamiento; desconoce los riesgos que puede acarrear, pero está dispuesto a tomarlos con tal de poder cambiar su conducta; le confiesa al capellán de la prisión que no le importan las consecuencias, que sólo quiere ser “bueno”. Es posible decir que en un nivel muy básico, está dirigiendo su accionar y ya ha tomado la decisión de querer cambiar; el tratamiento sólo será un catalizador. En todo caso, es posible contraargumentar que sólo lo hace con el fin de conmutar su condena, ya que llevaba dos años en prisión de un total de catorce, y que en circunstancias normales habría tenido que cumplir con la condena, al margen de sus intenciones de reformarse. Por otro lado, el capellán le hace ver que no es por medio de un tratamiento médico que se obtenga la bondad, sino que viene desde “adentro” (antirreduccionismo a, en este caso, las funciones del organismo), que elegimos ser buenos y, sobre lo mismo, que cuando un hombre deja de elegir, deja de ser un hombre (antideterminismo). Como sabemos, estos son postulados básicos de la psicología humanista.
Pese a lo anterior, consigue ser elegido como sujeto de prueba para el tratamiento, conocido como Ludovico, que consiste en hacerle ver películas que muestran escenas de situaciones violentas, de carácter físico (peleas cuerpo a cuerpo) y sexual (la violación de una mujer por un grupo de hombres), ambas conductas desplegadas por Alex antes de su encarcelamiento. También se incluyen imágenes de guerra, y se puede inferir que a lo largo del tratamiento se incluyeron imágenes que graficaran todo tipo de violencia, en distintos niveles. La exhibición de películas va acompañada de la administración de una droga que provoca sensaciones de náusea y parálisis. En síntesis, es la metodología del condicionamiento clásico, donde se espera que la respuesta condicionada sean los efectos de la droga, y el estímulo condicionado el acto de violencia. Aquí es conveniente resaltar que posiblemente para un sujeto claramente sádico como Alex, a quien no sólo el comportarse de manera violenta sino el simplemente presenciar violencia le es placentero, el tratamiento sea eficaz, en términos de cambiar la sensación placentera por sensación displacentera; en lo sucesivo así será. En cualquier otro caso, el éxito de la técnica es cuestionable; de alguna forma se induce la aversión a conductas violentas, pero en una primera instancia se infiere que esta aversión sería sólo a presenciarlas, no a ejecutarlas, misma cosa para la violencia sexual y para las escenas de guerra. Pero ya que el tratamiento resulta para ambos:
a) Se asume que el sujeto extrapola lo observado en las películas a todo acto de naturaleza similar (peleas cuerpo a cuerpo, ataque sexual, imágenes de guerra) y que son estos elementos contra los cuales se le condiciona, no así los estímulos captados inmediatamente por los sentidos (i.e. atacantes con atuendo similar al que él usaba, el cabello rojo de la mujer, la imagen de Hitler, el fondo musical que sin embargo sí le afectará más tarde). Cabe preguntarse si el condicionamiento de este tipo puede realmente operar en los niveles que los médicos pretenden en la película.
b) Alex ha sido condicionado de forma que no podrá desplegar una conducta tan elemental como el acto sexual, tampoco defenderse físicamente contra un ataque abierto como el simulado por el actor en el escenario, durante la demostración.
Una vez concluido el tratamiento, Alex es presentado en un escenario ante varias personas, incluyendo al personal de la cárcel, los doctores que llevaron a cabo el procedimiento y las autoridades de gobierno -especialmente el Ministro del Interior-, misma entidad que en un principio determinó que se iniciara el desarrollo e implementación de la técnica, bajo la premisa de reducir la criminalidad gracias a la eliminación del deseo mismo del acto criminal. Notemos ahí un fuerte reduccionismo, aunque más bien en un sentido fisiológico y/o freudiano; el ministro afirma, durante su primera visita a la prisión, que los convictos disfrutan su así llamado castigo, y da la impresión que para él y quienes integran el gobierno y lo apoyan, el acto criminal es -casi- instintivo. Se da inicio a una demostración, primero con un actor que agrede verbal y físicamente a Alex, siendo este incapaz de defenderse, debido a que al siquiera pensar en ello su cuerpo reacciona igual que con la droga administrada durante el tratamiento. Posteriormente una actriz semidesnuda se acerca a él, con la idea de despertarle el deseo sexual y por ende arremeter violentamente contra ella, como lo hubiese hecho en el pasado. La reacción del cuerpo se repite, y Alex cae al suelo enfermo.
Finalizada la demostración, el ministro alaba los éxitos conseguidos durante el tratamiento, pero el capellán de la prisión acude en defensa de Alex, diciendo que ahora él es incapaz de elegir, que ha sido sometido y que no es otra cosa que el miedo lo que le impedirá actuar como lo hacía antes. ¿Estamos, a fin de cuentas, admitiendo que Alex sin embargo puede elegir entre evitar una sensación displacentera o sufrirla? La consecuencia, es decir el dolor físico y la náusea son incapacitantes, pero el proceso de elección sin embargo estuvo previamente. Por supuesto, el ministro minimiza estos efectos y enfatiza que lo importante es que funciona, sin importar lo que el individuo desee. Sin lugar a dudas, la aplicación perfecta del modelo de sociedad que los conductistas como Watson, pretendieron.
Luego varios giros inesperados, tales como la no bienvenida de sus padres, el que sus ex amigos se hayan transformado en policías y que una de sus antiguas víctimas intentara destruirlo en venganza impulsan a Alex al suicidio. No morirá sin embargo, y en lo sucesivo irá recuperándose de su nueva condición (aunque no es explícita la forma en que esto ocurre, se insinúa que a través de neurocirugía mientras estaba inconsciente tras su intento de suicidio). Posteriormente veremos que el Ministro del Interior en persona lo visita y le confirma sus intenciones de apoyarlo en su recuperación, obviamente con fines políticos. La última línea de la película: I was cured, allright! Nos deja ver que Alex realmente se siente curado, ahora que tiene una vez más el control de sus acciones; como dijimos previamente, en proceso de autorrealización.
Si bien es difícil definir a modo global lo que es ser bueno, y por lo cual es perfectamente discutible el justificar los actos criminales de Alex, sí es claro que el poder de decisión parece trascender todos los límites impuestos por las estructuras, sea por medio de un condicionamiento que incapacite al organismo o sean las estructuras sociales. Tal poder sigue confiriéndonos la capacidad de movernos más allá de nuestra situación actual. Somos más que una naranja mecánica.
(*)Ensayo redactado para el curso
Teorías y Procesos Psicológicos
Escuela de Psicología
Pontificia Universidad Católica de Chile
2007